Todos estamos haciendo lo mismo

¿Qué pasa cuando todos hacen lo mismo?

¿Se han dado cuenta de que cada vez hay más competencia de absolutamente todo? Más cafeterías, más estilistas, más reposteros, más diseñadores, más emprendimientos... La competencia está durísima.

Y sí, el café de especialidad, el matcha y todo ese universo está viviendo un boom enorme. Incluso ya hay personas que empiezan a quejarse de que "ya todos quieren su cafetería". Pero el problema no es que todos queramos emprender. Sería absurdo pensar que porque alguien ya abrió una cafetería, nadie más puede hacerlo.

El verdadero problema empieza cuando todos hacemos exactamente lo mismo que el de al lado.

Cuando la inspiración se convierte en repetición.

Si aterrizamos esta idea al diseño gráfico, pasa algo muy parecido.

Hay muchísimos diseñadores siguiendo los mismos estilos, las mismas referencias y, muchas veces, tomando las mismas decisiones visuales. Y no, no creo que las tendencias sean algo negativo.

Todo empieza con alguien que propone una idea distinta. Después otra persona se inspira. Luego diez más. Y de repente, cientos de personas están haciendo variaciones de lo mismo.

Es un proceso completamente natural, pero llega un punto en el que ocurre algo curioso: Ya no recordamos quién hizo cierto diseño. Solo recordamos el estilo. Y cuando eso pasa, el estilo deja de ser una forma de expresión con intención y se convierte en un lenguaje muy repetido.

Ha pasado con el minimalismo, con Memphis, con el estilo groovy, con el coquette y, en mi opinión, con el whimsical, que probablemente sea uno de los estilos más saturados de este 2026. Y lo curioso es que se los dice alguien que lleva años trabajando con un estilo muy cercano a este.

Mucho color, ilustraciones hechas a mano, flores, tipografías imperfectas, texturas... Siempre lo describí como un estilo orgánico o artesanal. Ni siquiera sabía que tenía una etiqueta ni que un día se llamaría "whimsical aesthetic". Jamás imaginé que terminaría convertido en una tendencia tan fuerte.

El problema no es el estilo.

Todas las tendencias pasan por un ciclo parecido.

  1. Al principio sorprenden.

  2. Después inspiran.

  3. Luego se popularizan.

  4. Y finalmente se saturan.

Pero la saturación no ocurre porque el estilo sea malo. Ocurre porque dejamos de preguntarnos por qué nos gustaba en primer lugar y empezamos a replicar únicamente su apariencia porque sí.

Muchas veces ni siquiera pensamos si ese estilo realmente funciona para el proyecto o para el cliente. Simplemente lo usamos porque "es lo que está de moda".

Entonces empiezan a aparecer cientos de diseños con los mismos colores.

  • Las mismas ilustraciones.

  • Las mismas composiciones.

  • Las mismas tipografías.

  • Los mismos recursos.

Y aunque muchos estén muy bien ejecutados, cada vez cuesta más recordar quién los hizo. O peor todavía: cuesta distinguir una marca de otra.

Puedes tener una cafetería, una marca de joyería, una tienda de ropa, un consultorio de psicología o una pastelería... y todas terminan pareciéndose entre sí.

Da la impresión de que el branding fue un enorme Ctrl + C, Ctrl + V.

Diseñar bonito no siempre significa diseñar bien.

Últimamente he visto muchos videos donde alguien toma un empaque cualquiera y dice: "Voy a rediseñarlo porque arruina la estética de mi cocina".

Y entonces convierten una lata de tomates, un detergente o una caja de cereal en un diseño lleno de ilustraciones, colores y patrones muy bonitos.

Visualmente puede verse increíble y al final de cuentas es solo un ejercicio personal. Pero lejos de recibir elegios y felicitaciones, empiezan a señalar los problemas en los comentarios: “El empaque original no estaba diseñado únicamente para verse bonito. Fue pensado para comunicar algo específico, diferenciar una categoría, cumplir normas de impresión o simplemente ser reconocible en un estante lleno de los mismos productos”. O mi favorita: “yo no lo compraría”.

En este sentido, se me hace interesante explorar las dos propuestas: apegarnos a las reglas estrictas de funcionalidad y la de dejar de diseñar productos tan genéricos, aburridos y ser más atrevidos.

Entonces... ¿qué hacemos?

Creo que uno de los mayores retos para cualquier creativo hoy en día no es evitar las tendencias. Es evitar desaparecer dentro de ellas.

Inspirarse siempre será parte del proceso creativo. Incluso copiar es una etapa por la que muchos pasamos mientras aprendemos.

Pero llega un momento en el que vale la pena preguntarse:

Si este estilo dejara de estar de moda mañana, ¿seguiría creando de la misma manera?

Tal vez ahí empiece a aparecer una voz propia.

En la universidad siempre nos repetían que no debíamos casarnos con las tendencias al desarrollar una identidad visual. Y entiendo por qué lo dicen.

Un proyecto de branding no cuesta tres pesos.

Cuando una empresa invierte en su identidad, lo mínimo que espera es que siga funcionando durante muchos años, no que en tres temporadas se vea pasada de moda porque estaba construida alrededor de una tendencia.

Por supuesto, siempre hay excepciones. En diseño casi nunca existen reglas absolutas.

Si una decisión tiene sentido para el proyecto y cumple su objetivo, adelante.

Mi conclusión

En lo personal, no pienso abandonar el estilo que llevo desarrollando desde hace años. Seguramente cambiará con el tiempo, como cambiamos todos los creativos.

Es muy honesto que estos cambios nazcan desde la curiosidad, no del algoritmo. Y si pudiera dar un consejo a cualquier diseñador sería este:

De vez en cuando sal de Pinterest.

No porque Pinterest sea malo (yo también lo uso y me encanta), sino porque no puede ser tu única fuente de inspiración.

Ve a una librería.

Compra un libro de ilustración.

Descarga Cosmos.

Observa anuncios antiguos.

Mira envases en el supermercado.

Sal a caminar.

Llena tu cabeza de referencias que no vengan únicamente de una pantalla.

Porque cuando todos miramos las mismas imágenes, terminamos haciendo las mismas cosas.

Y quizá la mejor forma de destacar hoy no sea inventar un estilo completamente nuevo. Tal vez sea simplemente volver a mirar el mundo con tus propios ojos.

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¿Y ahora qué?